Fotografía de 1992 en la que vemos la entrada a una de las salas de ocio más míticas y con más historia de la ciudad: Oasis. Deslizando la barra podemos comprobar cómo le han sentado a su entrada y a parte de su entorno los últimos 23 años. ¿Qué diferencias encuentras entre ambas fotos?

En 1917, don Ricardo Moreno Martínez, procedente de Novillas llegaba a la ciudad de Zaragoza para montar un insólito negocio que tendría mucho que ver con la alegría noctámbula. Sería el primer cabaret zaragozano y habría de ubicarse en la calle del Padre Boggiero. Bautizó su casa con el pomposo nombre de Real Concert que sonaba a muy francés. Era un espacioso local, muy belle époque, con sus paredes frontales orladas de espejos, donde los pícaros clientes podían ver de reojo los naipes del otro, o la pecadora pantorrilla que se ocultaba bajo la falda de campánula de la cupletista de rigor, o las nalgas de las tanguistas. Arriba estaban los palcos, con bombillitas rojas, donde la sonoridad de los suspiros y besos era amortiguada por el fragor de los cañonazos de corcho de las botellas de champaña de importación francesa. Abajo estaba la gran pista donde actuaban las entonces llamadas «videtes», todas un poco imitadoras de la Fornarina y la Chelito, donde también circulaba el baile–taxi, a una peseta el viaje. Eran los tiempos de Antonia «la Cachavera».

Pero un día ocurrió en aquella pista un drama de celos y sangre que convulsionaría a la ciudad. A Conchita Granados, una artista muy deseada por su hermosura y que se había hecho famosa cantando el tango Llora, llora, corazón, la mató un amante despechado, con una pistola del calibre 6,35. Aquello avergonzó a la Zaragoza puritana, pero despertó una singular curiosidad entre los noctámbulos de España, que acudieron prestos a la cita cabaretera de Zaragoza a comprobar si las sacerdotisas de aquel templo pagano, eran tan bellas como para merecer el tiro de sus amantes.

Corren los años treinta y don Ricardo deja el negocio en manos de su hijo Celestino. Estamos inmersos en la II República y como lo de «real» huele a monárquico, no queda más remedio que sustituirlo. Se está mucho tiempo buscándole nombre y no se encuentra hasta el año 1942. A tal fin se convoca un concurso. Y es don Pablo Cistué de Castro, barón de La Menglana, crítico de teatro de Heraldo de Aragón, quien lo «bautiza» para la posteridad como Salón Oasis.

Y así se convirtió en «el palacio de las variedades», siendo auténtica escuela de estrellas. Por allí pasaron como neófitos Miguel de Molina, Maruja Tomás, Carmen Amaya, acompañada a la guitarra por su padre, que por entonces cobraban la friolera de setenta y cinco pesetas diarias, y una chiquilla llamada Estrellita Castro, a quien su madre sólo daba para cenar bocadillos de sardinas y que se negó a prorrogar contrato porque una bailarina fumaba unos enormes puros junto a su camerino. Y allí, también, debutaron unos chavalillos sevillanos llamados Rosario y Antonio.

El desfile de matriculadas en la escuela, es incesante. Un día debuta una zaragozana, procedente de una familia de lecheros del barrio de las Delicias, llamada Carmen de Lirio. Y Truddy Bora. Y Antonio Amaya. Y Marisol Reyes. Y Lolita Rivero y Finita Rufet, dos estrellas con etiqueta de la casa, que dieron la vuelta a España con aquel inolvidable Visto y oído, que Celestino Moreno dio a conocer con increíble éxito taquillero.

Margarita Sánchez fue la Reina Margarita de la calle de Boggiero. S.M. La Sánchez. Sus actuaciones en el Oasis fueron un fenómeno popular sin precedentes. Llegó para diez días, con un sueldo de doscientas pesetas, y estuvo seis meses cobrando lo que quiso. Llenaba el local en tres funciones diarias, con las zambras del maestro Quiroga, o con aquella inolvidable estampa de Agustina de Aragón, musicada por los maestros Rovira y Luis García, «el pianista del Oasis».

Imperdonable sería olvidar a «la abuela del Oasis», Pilar, la del dúo “Susepet y Pilar” que según confesión propia, sólo la sacarían de allí camino del cementerio.

Y aquí podría concluir parte de la interminable historia del Oasis. Desde las lujuriosas medias de abalorios de «La Cachavera» hasta los mínimos bikinis de Mary de Lis, esto sólo es un reflejo alegre de lo que Oasis es y fue. Su disgusto mayor lo dio una pistola del calibre ya anotado. Pero aún existió otro, que muchos nunca podrán olvidar. El que empresario, artistas, autores y camareros se llevaron al quedar el salón clausurado por muchos días, por «culpa» de una estampa o cuadro folclorista del prohibidísimo Lorca, de Fermín Otín y de Miguel Ángel Brunet, de la que se denunció que hacía una apología de Lorca y en el que salía Antoñito «El Camborio» prendido, codo con codo, por su pareja.

El Oasis es regentado por Enrique Vázquez, sobrino de Celestino Moreno, desde el año 1970. A partir de entonces ofreció su sala para teatro y proyección de películas. En 1981 lo convierte en un club de jazz y al poco tiempo en un tablao flamenco. Ante la progresiva decadencia, Enrique Vázquez reorienta el negocio. Tras cerrar durante diez meses, lo reabre el 21 de septiembre de 1995, iniciando su nuevo enfoque al compás de la Orquesta Garbosa. La sala se transforma en una pista de baile con su correspondiente barra, mientras que el escenario se mantiene para posibles actos, pudiéndose ver las tramoyas. En el viejo bar se mantiene el espíritu de la época por su decoración y por las numerosas fotografías que lo decoran.

Sin embargo en 1996 se reorienta el negocio dirigido ahora hacia el público más joven, convirtiéndose en discoteca, y en una sala de referencia para conciertos de grandes grupos pop/rock nacionales e internacionales, manteniendo en buena medida con su decoración el sabor del viejo salón de cabaré.

10387669_1578713299025596_8739411647863331387_nFotografía 1992: Daniel Pérez,“Daniel Pérez Fotografía”.

Texto extraído íntegramente de la Enciclopedia Aragonesa – Gran Salón Oasis.